Hay una realidad que todos los deportistas terminan descubriendo tarde o temprano: por mucho que entrenemos, nunca podremos controlarlo todo.
Podemos llegar a una competición en las mejores condiciones posibles y, aun así, encontrarnos con circunstancias que no habíamos previsto. Un rival que está especialmente inspirado, una decisión arbitral que no compartimos, un cambio en las condiciones ambientales, un problema de material o simplemente un día en el que las cosas no salen como esperábamos.
Cuando esto ocurre, nuestra reacción suele ser intentar recuperar el control. Le damos vueltas a lo sucedido, nos enfadamos, protestamos o pensamos una y otra vez en cómo deberían haber sido las cosas. Sin darnos cuenta, dedicamos una enorme cantidad de energía a algo que ya no podemos cambiar.
Y ahí aparece uno de los grandes enemigos del rendimiento: centrar la atención en aquello que no depende de nosotros.
Aceptar no significa conformarse ni renunciar a mejorar. Significa reconocer la realidad tal y como es, aunque no nos guste. Es entender que hay situaciones sobre las que no tenemos capacidad de decisión y que seguir luchando contra ellas solo aumenta la frustración.
Los deportistas que desarrollan una buena fortaleza mental no son aquellos a los que nunca les ocurren imprevistos. Son quienes aprenden a distinguir qué está bajo su control y qué no lo está.
- Su actitud sí depende de ellos.
- Su esfuerzo también.
- La manera en la que responden después de un error.
- La capacidad para volver a concentrarse en la siguiente acción.
- La decisión de seguir compitiendo con compromiso, incluso cuando las circunstancias no son las ideales.
Todo lo demás escapa, en mayor o menor medida, a su control.
Muchas veces pensamos que la clave para rendir mejor es hacer más. Entrenar más, pensar más, esforzarnos más. Sin embargo, una parte importante del entrenamiento psicológico consiste precisamente en dejar de invertir energía donde no sirve de nada.
Soltar aquello que no depende de nosotros no es un acto de debilidad. Es una decisión inteligente. Porque cada minuto que pasamos peleándonos con lo incontrolable es un minuto que dejamos de dedicar a aquello que realmente puede acercarnos a nuestro mejor rendimiento.
La próxima vez que algo no salga como esperabas durante una competición, hazte una pregunta sencilla:
¿Puedo hacer algo para cambiar esta situación ahora mismo?
- Si la respuesta es sí, actúa.
- Si la respuesta es no, acepta la situación y vuelve a centrar tu atención en la siguiente acción que sí depende de ti.
Al final, la diferencia no la marca quien consigue controlar todas las circunstancias. La marca quien es capaz de mantener el foco cuando las circunstancias dejan de estar a su favor.
Porque competir no consiste en esperar que todo salga perfecto, sino en responder de la mejor manera posible a la realidad que tienes delante.
Un pequeño ejercicio para entrenar esta habilidad
Antes de tu próxima competición, coge un papel y dibuja dos columnas.
En la primera escribe "Depende de mí". En la segunda, "No depende de mí".
Dedica unos minutos a escribir todo lo que te preocupa. Después, coloca cada preocupación en la columna que corresponda. Cuando termines, hazte un compromiso: durante la competición solo vas a invertir tu energía en aquello que aparece en la primera columna.
Puede que las circunstancias no sean las que habías imaginado, pero siempre podrás decidir cómo responder ante ellas. Y, muchas veces, esa decisión es la que marca la diferencia.
Raquel Venque · Psicóloga del Deporte (col.núm. 23605 COPC)